custodia paterna - Carolina Torremocha

CUSTODIA PATERNA

De cómo conseguir la custodia paterna.
La historia de Pedro

Quiero contaros la historia de Pedro. Un cliente cuyo periplo judicial comenzó en el año 2009 y que con el tiempo consiguió la custodia paterna de sus hijas.

Voy a demostraros que la custodia paterna existe, no es frecuente, pero es posible. Y si no, que se lo digan a Sara y a Marta, las hijas de Pedro.

Ruptura de la pareja y Medidas provisionales

Pedro me contactó a través de una amiga en el verano de 2009 para contarme que su relación se había terminado y que quería hacerlo de la mejor manera posible porque tenía dos hijas pequeñas: Sara (de 6 años) y Marta (de 4 años).

Ana, su mujer, no iba a ponerlo fácil. No estaba conforme con la ruptura y mucho menos pensaba “ceder” en la custodia de las hijas, que todo el mundo le decía que era para la madre.

Para evitar que los informes psicológicos, que siempre retrasan las decisiones judiciales, los tuviera en un limbo jurídico y sin saber qué hacer con las visitas y los alimentos, planteamos una solicitud de medidas provisionales. En la misma solicitud, ya dejamos claro que la opción de Pedro era la custodia compartida de sus hijas.

Denuncias por violencia de género

Después de recibir la solicitud de medidas provisionales, Ana presentó una denuncia por violencia de género. Seguramente mal aconsejada y con ánimo de evitar la custodia compartida de las menores, acusó a Pedro de maltrato habitual.

Pedro fue detenido. Pasó a disposición judicial después de haber sufrido su primera noche en un calabozo. No se podía creer que esto le estuviera pasando a él.

La Juez no acabó de creerse la versión de Ana y ni siquiera adoptó una orden de alejamiento.

Divorcio contencioso

En el mismo Juzgado de Violencia sobre la Mujer se tramitó el divorcio. Custodia materna y régimen de visitas para el padre, que debía abonar una pensión de alimentos, la mitad del préstamo hipotecario de la vivienda familiar, cuyo uso se atribuía a la madre.

Según el artículo 92.7 del Código civil, si alguno de los progenitores está incurso en un procedimiento de violencia frente a su pareja o sus hijos, no procede la atribución de la custodia compartida.

Ana tenía la custodia de las menores y el uso de la vivienda familiar. Pero no era suficiente. Quería venganza porque se sentía abandonada. Actuaba por rabia y no media las consecuencias de sus actos.

Y volvió a denunciar por violencia de género. Ya no vivían juntos pero alegó que en un intercambio de las menores se habían producido amenazas. “Como Pedro ya había sido detenido por hechos similares, la Policía fue a su casa y lo detuvo.  Puedes imaginarte que la impotencia ya lo desbordaba. Es el Protocolo. La Policía le explicaba que no podían evitarlo.

 Tras pasar una segunda noche en el calabozo por algo que él sabía que no había hecho, fue conducido por la Policía a los Juzgados, donde se le tomó declaración tanto a Pedro como a Ana. Tampoco se adoptó medida de protección alguna, pues la Jueza dudó de la versión de Ana.

Y aunque parezca increíble, hubo una tercera denuncia. Ésta aún con menos fundamento que las anteriores. De hecho, resultaba tan inverosímil que en esta ocasión la Policía, en lugar de ir al domicilio de Pedro a detenerlo, le llamó por teléfono y le dijo que se personase en Comisaría para tomarle declaración y así evitar la detención.

Archivo de los procedimientos penales

Las tres denuncias de violencia de género, que fueron instruidas por tres Juzgados distintos, no llegaron ni siquiera a juicio, sino que se dictaron, en cada uno de los procedimientos, Auto de Sobreseimiento Provisional y archivo de las actuaciones, al existir fundadas dudas de la credibilidad de la denunciante. De hecho, en el último de los procedimientos, Ana, ya desesperada por no conseguir su propósito en las dos primeras denuncias, presentó un testigo que intentara corroborar su versión de los hechos, pero cuando llegó al Juzgado dijo la verdad: Ana le había ofrecido dinero por declarar en contra de Pedro.

 

Ana no tenía fundamento jurídico alguno para interponer aquéllas denuncias. No había prueba que pudiese acreditar ninguno de los hechos. Simplemente eran mentira.

Ya era oficial que Pedro no era un maltratador. Nunca lo fue. Su único pecado fue darse cuenta que no quería continuar con su relación y querer estar con sus hijas en las mismas condiciones que cuando vivían juntos.

Ahora había que tomar dos decisiones:

1.- Modificar las medidas para solicitar la custodia compartida, ya no había causa que impidiese acordarla.

2.- Interponer una querella por denuncia falsa. Esas noches en el calabozo y haber sido señalado como maltratador no podían quedar impunes.

Conseguir la custodia compartida

El procedimiento de modificación de medidas se tramitó en el Juzgado de Familia. Hubo informe del Equipo Psicosocial favorable que aconsejaba la custodia compartida de las menores. Incluso como ya tenían suficiente criterio, las menores fueron escuchadas en una comparecencia llamada exploración del menor y declararon que querían estar con su padre y con su madre el mismo tiempo. Era el año 2012.

Pedro estaba satisfecho. Por fin tenía la custodia compartida  de sus hijas por semanas alternas. El uso de la vivienda se había atribuido a la madre por ser interés más necesitado de protección (no trabajaba), pero sólo por tiempo de dos años. Transcurrido este tiempo, debían liquidar los bienes gananciales.

Condena por denuncias falsas

Acudimos a la vía penal y conseguimos demostrar que las denuncias de Ana eran falsas. Fue condenada y tuvo que indemnizar a Pedro por los días de calabozo y los daños morales sufridos.

Tras dicha condena, todo pareció relajarse, pero Ana tenía problemas y sus hijas los vivían a diario. El consumo de algunas sustancias y frecuentar malas compañías, empeoraron su inestable salud mental.

Para resumir, te diré que incluso hubo intervención de servicios sociales. Su mal comportamiento o el hecho de que las menores estuvieran solas en el domicilio, provocaron las denuncias de los vecinos. En varias ocasiones, acudió la Policía a la vivienda y se entrevistó con las niñas.

La Conselleria de Bienestar Social inició un expediente para determinar si las menores estaban en situación de riesgo. Era demoledor.

Custodia paterna

Acudimos de nuevo al Juzgado por trámite de urgencia con aquél informe de Conselleria de Bienestar Social y las declaraciones que las menores habían realizado a la Policía.

Se tramitó rápido el procedimiento de modificación de medidas. Se atribuyó al padre la custodia de las menores porque había pruebas suficientes que la madre había hecho dejación de funciones: “con el fin de favorecer el adecuado desarrollo y protección de las menores, atendiendo a la situación y circunstancias personales de la madre que no puede ocuparse de ellas adecuadamente, produciéndose una situación de riesgo para las menores, conduce a la conveniencia de acordar la guarda paterna de la misma”.

Por fin, tras años de sufrimiento, nervios y denuncias, Pedro consiguió la custodia de sus hijas. Quería que vivieran al margen de todas aquéllas experiencias. Se merecían crecer en un ambiente más relajado que les permitiese, por fin, ser niñas.

Ana hubo de salir del domicilio familiar, que se atribuyó al padre. Volvió a casa de sus padres, donde estaría cuidada. Se estableció un régimen de visitas con las menores, mínimo, sin pernoctas. Aquéllas niñas habían vivido cosas que ningún menor debería presenciar. Necesitaban tiempo para retomar una relación normalizada con su madre. Ahora solo había rechazo.

Sara y Marta consiguieron por fin la tranquilidad que merecían. Mejoró su comportamiento y su rendimiento escolar.

La madre ha intentado en diversas ocasiones modificar las medidas y ampliar un régimen de visitas que ni siquiera incluye pernoctas. Las menores se niegan.

Ana sigue sin trabajar más allá de algún empleo esporádico. Se encuentra más estable. Sigue residiendo con sus padres, que tienen una relación estupenda con sus nietas. Eso sí, ni abona la pensión de alimentos ni el préstamo hipotecario.

Pedro está feliz con su familia. Tiene un trabajo estable y ve como sus hijas van creciendo rodeadas de amigos y de sus tíos y abuelos. Ahora le toca lidiar con dos adolescentes. Pero esa es otra historia.

Sus hijas ya tienen 17 y 15 años, respetivamente. Unas mujercitas que hubieron de madurar a marchas forzadas y que han sabido adaptarse a una situación diferente.

Cuando la pasada semana me las encontré paseando, me contaron lo bien que les había ido en el Instituto. Sus sonrisas tímidas y miradas cómplices cuando les digo que estoy muy contenta de verlas tan bien, siempre me conmueven.

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